"Y no queréis venir a mí para que tengáis
vida." Juan 5:40
Este es uno de los poderosos cañones de los arminianos, colocado
sobre sus murallas, y a menudo disparado con un terrible ruido contra
los pobres cristianos llamados calvinistas Yo pretendo silenciar ese
cañón el día de hoy, o, más bien, dispararlo en contra del
enemigo, pues nunca les perteneció a ellos. El cañón no fue
construido en la fundición de los arminianos, y más bien su
objetivo era la enseñanza de una doctrina totalmente opuesta a la
que los arminianos sostienen.
Usualmente, cuando se explica
este texto, las divisiones son: primero, que el hombre tiene
voluntad. Segundo, que es enteramente libre. Tercero, que los hombres
deben decidir venir a Cristo por ellos mismos, de lo contrario no
serán salvos.
Pero nosotros no lo dividiremos de esa manera,
sino que nos esforzaremos por analizar de manera objetiva este texto,
sin concluir apresuradamente que enseña la doctrina del libre
albedrío, simplemente porque contiene palabras tales como "querer"
y "no querer."
Ya se ha demostrado más allá de
toda controversia, que el libre albedrío es una insensatez. La
voluntad no tiene libertad como tampoco la electricidad tiene peso.
Son cosas completamente diferentes. Podemos creer en la libertad de
acción del individuo, pero el libre albedrío es algo sencillamente
ridículo. Todo mundo sabe que la voluntad es dirigida por el
entendimiento, que es llevada a la acción por motivos, que es guiada
por otras partes del alma, y que es una potencia secundaria.
Tanto
la filosofía como la religión descartan de inmediato la pura idea
del libre albedrío; y yo estoy de acuerdo con la rotunda afirmación
de Martín Lutero que dice: "Si algún hombre atribuye una parte
de la salvación, aunque sea lo más mínimo, al libre albedrío del
hombre, no sabe absolutamente nada acerca de la gracia, y no tiene el
debido conocimiento de Jesucristo." Puede parecer un concepto
duro, pero aquel que cree con plena convicción que el hombre se
vuelve a Dios por su propio libre albedrío, no puede haber recibido
esa enseñanza de Dios, pues ese es uno de los primeros principios
que aprendemos cuando Él comienza a trabajar en nosotros: que no
tenemos ni voluntad ni poder, sino que ambos los recibimos de Él;
que Él es "el Alfa y la Omega" en la salvación de los
hombres.
Nuestras consideraciones el día de hoy serán las
siguientes: primero:
todos los hombres están muertos, porque
el texto dice: "Y no queréis venir a mí para que tengáis
vida." Segundo:
que hay vida en Jesucristo: "Y no
queréis venir a
mí para que tengáis vida." Tercero:
que hay vida en Jesucristo
para todo aquel que viene por ella:
"Y no queréis venir a mí para que tengáis vida,"
implicando que todos los que vengan, tendrán vida. Y cuarto: la
sustancia del texto radica en esto, que ningún hombre por naturaleza
vendrá jamás a Cristo, pues el texto dice: "Y
no
queréis venir a mí para que tengáis vida." Lejos de afirmar
que los hombres por su propia voluntad harán alguna vez eso, lo
niega de manera abierta y categórica, diciendo: "Y NO QUERÉIS
venir a mí para que tengáis vida." Entonces, queridos
hermanos, estoy a punto de gritar: ¿Acaso los que creen en el libre
albedrío no están conscientes que se están atreviendo a desafiar
la inspiración de la Escritura? ¿No tienen ningún entendimiento,
aquellos que niegan la doctrina de la gracia? Se han apartado tanto
de Dios que retuercen el texto para demostrar el libre albedrío; en
cambio, el texto dice: "Y NO QUERÉIS venir a mí para que
tengáis vida."