“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel”
(Deut. 7:9).
La infidelidad es uno de los pecados más predominantes de estos días
malos. En el mundo de los negocios, salvo excepciones cada vez más
raras, los hombres no se sienten ligados ya a la palabra empeñada.
En la esfera social, la infidelidad conyugal abunda por todos lados;
los sagrados lazos del matrimonio son quebrantados con la misma
facilidad con que se desecha una prenda vieja.
En
el reino eclesiástico, miles que prometieron solemnemente predicar
la verdad, la atacan y niegan sin escrúpulo alguno. Ningún lector o
escritor puede pretender ser inmune a este terrible pecado; ¡de
cuántas maneras diferentes hemos sido infieles a Cristo y a la luz y
privilegios que Dios nos ha confiado!
Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella no sería Dios. Para
Dios, ser infiel sería obrar en contra de su naturaleza, lo cual es
imposible: “Si fuéremos infieles él permanece fiel: no se puede
negar a sí mismo” (2Tim. 2:13). La fidelidad es una de las
gloriosas perfecciones de su ser.
