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viernes, 27 de marzo de 2015

¿Cómo podemos diferenciar entre un verdadero cristiano y alguien que está engañado? por Mike McKinley


Tanto los cristianos como los no cristianos pecan todos los días. Ambos luchan con romper los malos hábitos y superar los patrones de debilidad y fracaso. Y no puedo decir que los cristianos sean las mejores personas del mundo en términos de pecados totales cometidos. Podríamos considerar un día cualquiera en la vida de un no cristiano, y es posible que viésemos menos egoísmo, menos ira, menos mezquindad y menos orgullo de lo que veríamos ese mismo día en la vida de un cristiano. Entonces, ¿cómo podemos diferenciar entre un verdadero cristiano y alguien que dice ser cristiano pero que está engañado?

Para responder a esto, echemos un vistazo a una de las parábolas de Jesús:
  “Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos le dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mipadre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse” (Lc. 15:11-24).
 
Esta parábola es particularmente útil para nosotros cuando pensamos en cómo un cristiano responde al pecado. Este joven era un pecador. Insultó a su padre, derrochó su herencia viviendo perdidamente, y cayó a lo más bajo. Esa es la situación en la que muchos cristianos se han encontrado. Pero tres cosas caracterizan la respuesta del hijo pródigo a su pecado, y son las que deben caracterizar la respuesta de cualquiera que sea un verdadero creyente.