El secreto de la verdadera felicidad yace en una cordial conformidad a la voluntad de Dios. Es dulce descansar en Su mano ¡y no conocer otra voluntad sino la de Él!.
La doctrina de una “particular providencia” es preciosa para el corazón del cristiano. Esta le permite ver la mano de Dios en cada suceso. Por eso la pecaminosidad de una queja, descontento, temperamento no sumiso. Es difícil conciliar la indulgencia habitual de una disposición pecadora con la existencia de la gracia en el corazón. La primera emoción en el alma de un nacido de nuevo es la sumisión a la voluntad de Dios.
Somos propensos a perder de vista la “mano de Dios” en las pequeñas dificultades las cuales ocurren cada día, y mirando solo los “motivos secundarias” a menudo hacemos lo mismo en asuntos mas importantes. Cuando somos heridos o insultados por otros, estamos dispuestos a murmurar y quejarnos, y dar rienda suelta a nuestra indignación contras las causas inmediatas de nuestra angustia; olvidando que estos son solo “instrumentos que Dios emplea” para probar nuestra fe, o castigar nuestros pecados.
