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jueves, 9 de enero de 2020

Como caminar por fe y no por lo que dictan tus sentimientos por Lara d’Entremont


¿Que es lo que te guía? ¿Qué dirige tus decisiones, acciones, palabras y pensamientos?

Como creyentes, estamos llamados a vivir por fe. Y sin embargo, muchos de nosotros optamos por vivir de otra manera: por nuestros sentimientos. ¿Alguna vez ha tomado una decisión porque simplemente “se sentía bien hacerlo”? ¿Alguna vez has dicho algo porque “te pareció el momento perfecto para decirlo”?. Antes de convertirme en creyente, vivía completamente según como me sentía. Mis sentimientos guiaban mis reacciones en la vida y me orientaban a cada paso. Si un camino no era acompañado por un sentimiento agradable, entonces no lo tomaba.

Poco después de convertirme en creyente, todavía vivía a través de mis sentimientos y no de mi fe. Dudaba de mi salvación, porque no la sentía real. Luché por creer que Dios todavía me amaba cuando pecaba porque no podía sentir su amor. A menudo cedí a la tentación de pecar porque lo sentía mejor que la obediencia. Mi tiempo de adoración también estaba completamente regulado por mis sentimientos; si me sentía cerca de Dios, entonces había adorado correctamente.

¿Vives a través de tus sentimientos? ¿Vives de manera similar a como yo lo hice? Si es así, tenemos que considerar lo que la Palabra de Dios tiene que decir acerca de nuestros sentimientos y de lo que realmente es vivir por fe.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

La Pureza, la Abstinencia y la Mujer Cristiana




Escrito por Fabienne Harford



Era bastante obvio para mí, desde el primer minuto en que conocí a Jesús, que el cristianismo significaba inscribirse para ser contracultural. Cuando les dije a mis amigos que creía en Jesús, algunos de ellos ya no querían estar cerca de mí. Cuando compartí con mi familia que creía que el diseño de Dios para la satisfacción sexual encuentra su hogar en el matrimonio, hicieron una intervención como destinada para alguien con trastorno bipolar, desesperados por convencerme de que nunca encontraría una relación saludable si descartaba las relaciones sexuales.



Luego encontré una nueva cultura que apreciaba la pureza y hacía que mi nueva cosmovisión se sintiera tan "normal" que no podía imaginarla de otra manera. Y casi viví feliz para siempre.



Excepto que, en realidad resulta que creer que la realización sexual está diseñada para el matrimonio no te convierte en un ser menos sexual. Comprender e incluso amar la visión de Dios sobre el sexo no hace que lo desees menos. La soltería presenta una serie de dificultades, pero para mí, aprender a vivir sin intimidad física ha proporcionado el mayor desafío y el sufrimiento más profundo de esta temporada.



He pasado tanto tiempo tratando de eliminar la lucha; pensando que el día en que esto no doliera sería el día en que más honraría a Dios, que quitar la tentación sería la señal de la bendición de Dios. Pero nuestro Dios parece estar en el negocio de bendecirnos, no a pesar del sufrimiento, sino a través del sufrimiento. Creo que algún día, miraré mi vida y diré con confianza que una de las mayores bendiciones que he experimentado y los regalos que he podido dar a otros ha sido el dolor de aprender a vivir sin intimidad física.


miércoles, 17 de febrero de 2016

Esclavos o pequeños príncipes por Abel Schwab


Si nos preguntamos ¿qué somos? Lo más probable es que respondamos sin dilaciones: “somos cristianos”.

Llama la atención que ésta palabra apareció como título para los seguidores de Jesús recién diez o quince años después de formada la Iglesia Primitiva.  Fue en Antioquia, la primera iglesia fundada en territorio gentil, “en donde a los discípulos de Jesús se les llamó cristianos por primera vez” (Hechos 11.26). El título que surgió como una burla, ya que significaba despectivamente “los de Cristo”, fue rápidamente tomado como motivo de orgullo por los discípulos. Sin embargo, no deja de sorprender que la palabra cristiano sólo aparece cuatro veces en el Nuevo Testamento (Hch 11:26, Hch 26:28, Rm 16:10, 1Pe 4:16).

martes, 17 de noviembre de 2015

La belleza de la modestia por Charo Washer


La belleza ha sido y será un tema de gran importancia para la humanidad –especialmente para aquellas del género femenino. Cada día hacemos un esfuerzo y gastamos gran cantidad de tiempo y dinero para hacernos a nosotras, a nuestras casas, carros y otros accesorios de nuestras vidas, tan bellos y atractivos como sea posible. No hay, por supuesto, nada de malo con querer ser bella y aun debemos ser cuidadosas en aprender lo que es precisamente belleza. Lo crean o no, las Escrituras tienen mucho que decir sobre la belleza, su fuente y como ésta se refleja en la vida y persona de una mujer cristiana. En este pequeño estudio vamos a centrar nuestra atención en sólo dos versículos del tercer capítulo de 1 de Pedro.

En el versículo 3, Dios hace el quizás la más profunda declaración sobre la genuina belleza centrada en Dios.

vuestro atavío no sea el externo, (1 Pedro 3:3)

martes, 11 de agosto de 2015

Drift: Una receta para evitar una caída en desgracia



Cada vez que escucho acerca de un pastor o líder de ministerio que "cae en desgracia", me pone triste.

Y enojado.

E introspectivo.

N
unca quiero juzgar, porque yo sé de lo que soy capaz. Y oro para nunca ir por ese camino.

Pero no puedo imaginar poner mi trabajo, mi familia, mi medio de vida en
juego sólo por unos momentos de placer o tentación.

Sin embargo, los líderes hacen esto todo el tiempo.

Derwin Gray escribió un artículo recientemente sobre
el ir a la deriva (DRIFT) algo que me pareció muy útil. ("DRIFT", es la palabra en inglés usada para expresar “ir a la deriva”)*

Derwin dice que
el “ir a la deriva” sucede cuando hacemos las siguientes cosas:

viernes, 7 de agosto de 2015

El respeto de la esposa por su esposo por Richard Steele




“Y la mujer respete a su marido” (Efesios 5:33b).

El gran deber de toda esposa es respetar a su propio esposo. Tiene también muchas otras obligaciones que son mutuas, pero ella se caracteriza por esto. Esta es su calificación principal como esposa. No importa cuanta sabiduría, erudición y gracia tenga ella, si no respeta a su esposo, no puede ser una buena esposa.

Veamos su creación: Fue hecha después del hombre, él tiene algo de honor por haber sido creado primero. “Porque Adán fue formado primero, después Eva” (1 Tim. 2:13). Fue hecha del hombre, él fue la roca en que fue formada. “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón” (1 Cor. 11:8). Vemos aquí que no fue el hombre quien estableció este orden, sino Dios mismo. Volvamos a recordar la Caída donde escuchamos que Dios dice: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Gén. 3:16). En el Nuevo Testamento, el hecho que Cristo fue “hecho de mujer” pareciera alterar esta ley inviolable: “Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio” (Col. 3:18). “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos” (1 Ped. 3:1), “considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (v. 2). “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (v. 5). Volvamos al versículo inicial. Aunque sea ella muy importante, muy buena y su esposo muy malo y muy perverso su deber indispensable es respetar a su esposo… no coincide con la naturaleza ni con la decencia ponerla a la cabeza, ni más abajo ni más arriba de la costilla. Y cuando ella acepte esto, entonces cumplirá muy contenta y fácilmente su deber. Un Dios sabio así lo ha ordenado, y por lo tanto es lo mejor.

lunes, 27 de julio de 2015

El amor del esposo por su esposa por Richard Steele


Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo”
(Ef. 5:33a).

EL deber más importante de todo esposo es amar a su esposa. Esto es el fundamento de la relación matrimonial, y resume todos los demás deberes del esposo.  


I. Para empezar: la naturaleza y las propiedades de este amor: es conyugal, es fiel y genuino. No es el cariño que sentimos por los hijos, ni tampoco es un apetito animal, sino que es bueno y auténtico.

1. Su fundamento... la ordenanza divina hace que los esposos sean una sola carne, y la ley natural obliga que cada uno ame su propio cuerpo. Por lo tanto, aunque la hermosura de la mujer desaparezca, su energía se agote, su debilidad sea grande y su utilidad escasa, igual es un pedazo de mí mismo. El Dios sabio ha determinado que aquí deposite yo mi afecto. Al final de cuentas, este es el único fundamento seguro y eterno.

2. Este amor tiene que ser correcto en todo lo que abarca: Abarca a la persona en su totalidad, tanto su alma como su cuerpo. Todo hombre escoge una pareja cuya apariencia externa le agrada... El verdadero amor conyugal hacia la esposa abarca su alma, generando ternura y buena disposición, de modo que se va puliendo su vida con sabiduría y devoción y esforzándose en hacer aquello que embellezca su alma y su cuerpo.

viernes, 10 de julio de 2015

10 cosas que no entendía antes de ser reformado por Les Lanphere



Yo, como muchos otros de mi generación, fui un cristiano por mucho tiempo antes de verme confrontado por las doctrinas de la gracia. ¿Por qué esto es importante? ¿Qué diferencia hacen estas doctrinas en la vida cristiana?

Hay un sólid
o cristianismo por el que se ha luchado, por el que gente ha muerto. Ha habido concilios de la Iglesia y hombres controversiales que se levantaron para rebelarse contra las prácticas corruptas y las doctrinas no bíblicas. No se nos dejo en la oscuridad para descubrir o definir el cristianismo nuevamente. La verdad ha sido abierta y transmitida a nosotros por los santos del pasado.No solo la teología reformada abrió mis ojos a cosas nuevas, ella aclaró muchas cosas que ya yo creía, pero las cuales fallaba al tratar de entenderlas.

viernes, 15 de mayo de 2015

Las mamás también necesitan teología


¿Qué es lo primero que piensas cuando escuchas la palabra teología?

¿Piensas en palabras impronunciables o libros polvorientos de hace siglos, o tal vez largos sermones? Si tuviera
s que elegir entre estudiar teología y la lectura de un libro sobre consejos prácticos para tu vida diaria, ¿cuál elegirías?

Para muchas de nosotras las mamás, la sola idea de estudiar teología parece ser mucho más allá de lo que podemos manejar en nuestra vida diaria. Podríamos pensar, en esta etapa de mi vida, no puedo aprender teología. Mi vida se consume y abruma con las tareas diarias de la maternidad. Tal vez pensamos que nuestro tiempo podría ser mejor gastado en leer sobre maneras de ayudar a nuestro niño a dormir, o sobre las mejores opciones nutricionales para nuestro niño en crecimiento, o cómo mantener nuestro niño en edad preescolar en una rabieta en el medio de la línea de la tienda de comestibles.

Pero la verdad es que necesitamos desesperadamente la teología para todos nuestros deberes diarios de la maternidad. Necesitamos la teología para las batallas antes de dormir, las preocupaciones de
la alimentación, la tienda de comestibles, y todo lo demás en el medio.

miércoles, 15 de abril de 2015

Miserable por Paul Tripp




¿Alguna vez te sientes atrapado y enredado por el pecado?

Me gustaría poder decir que desde que
he llegado a una fe salvadora, he encontrado una total libertad del pecado. Me gustaría poder decir con honestidad que toda mi vida ha sido un reflejo de Romanos 6:11 "Muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús" Pero, lamentablemente, eso no es la realidad de mi vida.

Claro, yo he encontrado la libertad en ciertas áreas. Yo solía ser un hombre muy enojado, y por la gracia liberadora de Dios,
esa ira ha desaparecido. Yo solía estar cautivado por ciertos placeres, y por la gracia de Dios que me lo permite, he sido capaz de disciplinarme a mí mismo. Pero sin embargo, después de todos estos años de experimentar la fidelidad de Dios, aún me encuentro atrapado y enredado.

¿Por qué es que luchamos día tras día? ¿Y cómo finalmente
podemos liberarnos? Eso es lo que este artículo trata.

martes, 7 de abril de 2015

Notas del libro La Santificación de J.C. Ryle


El pámpano que no lleva fruto, no es una rama viva de la vid. Ante los ojos de Dios, una unión con Cristo meramente formal y sin fruto, no tiene valor alguno. La fe que no tiene una influencia santificadora en el carácter del creyente no es mejor que el creer de la forma en que lo hacen los demonios: es una fe muerta, no es el don de Dios, no es la fe de los elegidos.


La verdadera fe constriñe al creyente a vivir para su Señor y le hace sentir que todo lo que puede hacer por Aquel que murió por sus pecados no es suficiente.
La persona que pretende haber sido regenerada y que, sin embargo, vive una vida mundana y de pecado, se engaña a sí misma; las Escrituras descartan tal concepto de regeneración.
Si no hay santificación, no hay regeneración; sino se vive una vida santa, no hay un nuevo nacimiento.
La santificación constituye la única evidencia cierta de que el Espíritu Santo mora en el creyente
El Espíritu nunca está dormido o inactivo en el alma: siempre da a conocer su presencia por los frutos que produce en el corazón, carácter y vida del creyente.
Nos dice San Pablo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5.22-23). Allí donde se encuentran estas cosas, allí está el Espíritu; pero allí donde no se ven estas cosas, es señal segura de muerte espiritual delante de Dios.
Al Espíritu se lo compara con el viento y, como sucede con éste, no podemos verlo con los ojos de la carne. Pero de la misma manera en que notamos que hay viento por sus efectos sobre las olas, los árboles y el humo, así podemos descubrir la presencia del Espíritu en una persona por los efectos que produce en su vida y conducta.
Podemos estar bien seguros de que aquellos que no viven santamente, no tienen el Espíritu Santo. La santificación es el sello que el Espíritu Santo imprime en los creyentes.
Si alguien se gloría de ser uno de los elegidos de Dios y, habitualmente y a sabiendas, vive en pecado, en realidad se engaña a sí mismo, y su actitud viene a ser una perversa injuria a Dios.
Un “santo” en el que sólo puede verse mundanalidad y pecado es una especie de monstruo que no se conoce en la Biblia.
Por más que se me tilde de legalista en este aspecto, me mantengo firme en lo dicho: “sin esfuerzo no hay provecho”. Antes esperaría una buena cosecha de un agricultor que sembró sus campos pero nunca los cuidó, que ver frutos de santificación en un creyente que ha descuidado la lectura de la Biblia, la oración y el Día del Señor. Nuestro Dios obra a través de los medios.
El cristiano verdadero no sólo tiene paz de conciencia, sino que también tiene guerra en su interior, se lo conoce por su paz, pero también por su conflicto espiritual.
A menos que nuestra fe haya tenido efectos santificadores en nuestra vida, de nada servirá en aquel día el que digamos que creíamos en Cristo. Una vez que comparezcamos delante del gran trono blanco, y los libros sean abiertos, tendremos que presentar evidencia. Sin la evidencia de una fe real y genuina en Cristo, nuestra resurrección será para condenación; y la única evidencia que satisfará al Juez será la santificación. Que nadie se engañe sobre este punto. Si hay algo cierto sobre el futuro, es la realidad de un juicio; y si hay algo cierto sobre este juicio, es que las “obras” y “hechos” del hombre serán examinados (Jn. 5.29; 2 Co. 5.10; Ap. 20.13).
La noción de un purgatorio después de la muerte, que convertirá a los pecadores en santos, es algo que no encontramos en la Biblia; es una invención del hombre.
Cuando el águila sea feliz en la jaula, el cordero en el agua, la lechuza ante el brillante sol de mediodía y el pez sobre la tierra seca, entonces, y sólo entonces, podríamos suponer que la persona no santificada será feliz en el cielo
Hay un gran número de personas que han oído tantas veces la predicación del Evangelio, que han contraído una familiaridad poco santa con sus palabras y sus frases, e incluso hablan con tanta frecuencia sobre las doctrinas del Evangelio como para hacernos creer que son cristianos. A veces hasta resulta nauseabundo y en extremo desagradable el oír cómo la gente se expresa en un lenguaje frío y petulante sobre “la conversión, el Salvador, el Evangelio, la paz espiritual, la gracia, etc.”, mientras de una manera notoria sirve al pecado o vive para el mundo.
No es sólo con la lengua que debemos servir a Cristo. Dios no quiere que los creyentes sean meros tubos vacíos, metal que resuena, o címbalo que retiñe; debemos ser santificados, “no sólo en palabra y en lengua, sino en obra y en verdad” (1 Jn. 3.18).
No olvidemos que allí donde se siembra la buena semilla, Satanás siembra también cizaña. Son muchos los que, aparentemente, han sido alcanzados por la predicación del Evangelio y cuyos sentimientos han sido despertados pero sus corazones no han sido cambiados. Lo que en realidad suele tener lugar no es más que un emocionalismo vulgar que se produce con el contagio de las lágrimas y emociones de los otros.
Vayamos con mucho cuidado, no sea que curemos livianamente las heridas espirituales diciendo, “Paz, paz”, donde no hay paz. Esforcémonos en persuadir a los que muestran interés por las cosas del Evangelio a que no se contenten con nada que no sea la obra sólida, profunda y santificadora del Espíritu Santo.
Cuán peligroso resulta para el alma el tomar los sentimientos y emociones experimentados en ciertas reuniones como evidencia segura de un nuevo nacimiento y de una obra de santificación. No conozco ningún peligro mayor para el alma.
Miles y miles de personas se imaginan que la verdadera santidad consisten en la cantidad y abundancia de los elementos externos de la religión: en una asistencia rigurosa a los servicios de la iglesia, la recepción de la Cena del Señor, la observancia de las fiestas religiosas, la participación en un culto litúrgico elaborado, la auto-imposición de austeridad y abnegación en pequeñas cosas, una manera peculiar de vestir, etc., etc. Muy posiblemente algunas personas hacen estas cosas por motivos de conciencia, y realmente creen que con ello benefician a sus almas, pero en la mayoría de los casos esta religiosidad externa no es más que un sustituto de la santidad.
Es esencial a la santificación el que nosotros desempeñemos nuestras obligaciones allí donde Dios nos ha puesto, como la sal en medio de la corrupción y la luz en medio de las tinieblas. No es el hombre que se esconde en una cueva, sino el hombre que glorifica a Dios como amo o sirviente, como padre o hijo, en la familia o en la calle, en el negocio o en el colegio, el que responde al tipo bíblico del hombre santificado. Nuestro Maestro dijo en su última oración: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17.15).
Si alguien pretende ser un santo y mira con desprecio los Diez Mandamientos, y no le importa mentir, ser hipócrita, estafar, insultar y levantar falso testimonio, emborracharse, traspasar el séptimo mandamiento, etc., en realidad se engaña terriblemente; y en el día del juicio le será imposible probar que fue un “santo”.
El hombre santificado tratará de hacer bien en el mundo, disminuir el dolor y aumentar la felicidad en torno suyo.
Aquel que profesa ser cristiano, pero que con egoísmo centra su vida en sí mismo asumiendo un aire de poseer grandes conocimientos, y sin preocuparle si su prójimo se hunde o sabe nadar, si va al cielo o al infierno, con tal de que él pueda ir a la iglesia con su mejor traje y ser considerado un “buen miembro”, tal persona, digo, no sabe nada de lo que es la santificación. Puede ser considerada como santa en la tierra, pero ciertamente no será un santo en el cielo.
No se dará el caso de que Cristo sea el Salvador de aquellos que no imiten su ejemplo. Una gracia de conversión real y una fe salvadora han de producir, por necesidad, cierta semejanza a la imagen de Jesús (Col.3.10).
Aquellos que continuamente se destapan con un temperamento agrio y atravesado, que dan muestras de poseer una lengua muy incisiva, llevando siempre la contra, siendo rencorosos, vengativos, maliciosos (y de los cuales el mundo está, por desgracia, demasiado lleno) los tales, digo, nada saben sobre la santificación.
¡Cuánta religión hay, pues, que no sirve para nada! ¡Cuán grande es el número de personas que van a la iglesia, a las capillas y que sin embargo andan por el camino que lleva a la destrucción! Esta reflexión es terriblemente aplastante, abrumadora. ¡Oh, si los predicadores y los maestros abrieran sus ojos y se dieran cuenta de la condición de las almas a su alrededor! ¡Oh, si las almas pudieran ser persuadidas a “huir de la ira que vendrá”! Si las almas no santificadas pudieran ir al cielo; la Biblia no sería verdadera. ¡Pero la Biblia es verdad y no puede mentir! Sin la santidad nadie verá al Señor.
Si deseamos verdaderamente la santificación, el curso a seguir es claro y sencillo: debemos empezar con Cristo. Debemos acudir a El tal como somos, como pecadores. Debemos presentarle nuestra extrema necesidad; debemos entregar nuestras almas a Él por la fe, para así poder obtener la paz y la reconciliación con Dios. Debemos ponernos en sus manos, tal como lo hacemos con el buen médico, y suplicar su gracia y su misericordia. No esperemos a poder traer y ofrecer algo en nuestras manos. El primer paso para la santificación, al igual que para la justificación, es acudir a Cristo por fe.
A medida que aumente nuestra visión espiritual más nos daremos cuenta de nuestra imperfección. Éramos pecadores cuando empezamos, y pecadores nos veremos a medida que vayamos avanzando. Sí, pecadores regenerados, perdonados y justificados, pero pecadores hasta el último momento de nuestras vidas. La perfección absoluta de nuestras almas todavía habrá de estar por delante, y la expectación de la misma debería ser una gran razón para hacernos desear más y más el cielo.
Los creyentes que no hacen progreso alguno en la santificación y parecen haberse estancado, sin duda alguna es porque descuidan la comunión con Jesús, y en consecuencia contristan al Espíritu Santo. Aquél que en la noche antes de la crucifixión oró al Padre con aquellas palabras de: “Santifícalos en tu verdad”, está infinitamente dispuesto a socorrer a todo creyente que por la fe acuda a Él en busca de ayuda.
En el último lugar, nunca nos avergoncemos de dar demasiada importancia al tema de la santificación… y de nuestros deseos de conseguir una elevada santidad. Por más que algunos se contenten con unos logros muy pobres y miserables y otros no se avergüencen de vivir vidas que no son santas, mantengámonos nosotros en las sendas antiguas y sigamos adelante en pos de una santidad eminente. He aquí la manera de ser realmente felices.

—J.C Ryle

Notas personales del libro "La santificación de J.C. Ryle hechas por el hermano Alian Zamora Hernández compartidas tambien en la pagina de la Iglesia Bautista Sola Escritura de la cual es uno de los administradores puedes encontrar mas material de edificación en su pagina.

lunes, 6 de abril de 2015

El pecado por J.C. Ryle


Gran parte de los errores, herejías y doctrinas falsas tan comunes en nuestro tiempo, se originan y tienen su causa en ideas poco claras y poco profundas sobre el pecado. Si una persona no se ha dado cuenta de la peligrosa naturaleza de la enfermedad de su alma, no nos extrañe que se contente con remedios falsos o imperfectos.


Una de las necesidades más imperiosas de nuestro siglo ha sido, y es, la de una enseñanza más clara y completa de lo que es el pecado.
Acordémonos siempre de que la pecaminosidad del hombre no viene de fuera, sino que brota del interior de su corazón. No es el resultado de una formación deficiente en la infancia; no se debe a las malas compañías y a los malos ejemplos, como muchos cristianos débiles con demasiada indulgencia conceden. ¡No! Es una enfermedad familiar que todos hemos heredado de nuestros primeros padres Adán y Eva, con la cual hemos nacido.
El más hermoso de los bebés que haya nacido este año, y que se ha convertido en el centro de los afectos y atenciones de la familia, no es, como favoritamente lo llama su madre, un ‘pequeño ángel’ o un ‘pequeño inocente’, sino un ‘pequeño pecador’. ¡Ah! Por mucho que sonría y se mueva en la cunita, pensad que en su corazón lleva las semillas de la iniquidad. Vigiladle estrechamente mientras crece en estatura y su mente se desarrolla, y pronto descubriréis en él una tendencia constante hacia aquello que es malo, y un alejamiento de todo aquello que es bueno. Descubriréis en él los brotes y los orígenes del engaño, de un temperamento malo, del egoísmo, de la voluntad propia, de la obstinación, de la avaricia, de la envidia, de los celos y de las pasiones que, de no ser reprimidas y controladas a tiempo, se desarrollarán con dolorosa rapidez. ¿Quién enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? Sólo la Biblia puede dar respuesta a estas preguntas.
Qué poco nos damos cuenta de la astucia del pecado! Somos demasiado propensos a olvidar que la tentación al pecado raramente se presentará a nosotros en sus colores verdaderos, y diciéndonos: ‘Yo soy vuestro enemigo mortal y deseo vuestra ruina eterna en el infierno’ ¡Oh, no! La tentación se acerca a nosotros como Judas, con un beso; y como Joab, con mano amiga y palabras aduladoras.
Estoy persuadido de que cuanta más luz se tiene, más se llega a ver la pecaminosidad del corazón; de ahí que cuanto más cerca esté el creyente del cielo más debe revestirse de humildad.
La mejor manera de subsanar un cristianismo endeble, es predicar y llevar a primer plano la vieja doctrina bíblica de la pecaminosidad del pecado. La gente no volverá sus rostros hacia el cielo, hasta que no llegue a experimentar la realidad del pecado y el peligro del infierno. Esforcémonos para predicar en todas partes está olvidada doctrina del pecado.
Confrontemos a la gente con la ley. Expongamos los Diez Mandamientos y golpeemos las conciencias con la amplitud, profundidad y altura de sus requerimientos. Esto fue lo que hizo el Señor Jesús en el Sermón del Monte; y lo mejor que nosotros podemos hacer es imitarle. La gente nunca acudirá verdaderamente a Jesús, permanecerá con Jesús y vivirá con Jesús, a menos que vea su necesidad y sepa por qué ha de acudir. Las almas que verdaderamente acuden a Jesús, son aquellas a las que el Espíritu Santo ha dado convicción de pecado. Sin una convicción genuina de pecado los hombres podrán actual como si en verdad siguieran a Jesús, pero tarde o temprano volverán al mundo.
Cuando un pecador ve su pecado lo único que desea ver es al Salvador. Experimenta sobre sí los efectos de una enfermedad terrible, y sólo el gran Médico puede curar sus dolencias. Tiene hambre y sed, y desea el agua de vida y el pan de vida. No tendríamos tanto romanismo en nuestro país si en los últimos veinticinco años la doctrina de la pecaminosidad del pecado hubiera sido predicada.
el concepto bíblico del pecado viene a ser un antídoto admirable contra el concepto tan pobre que hoy en día se tiene de la santidad personal. Ya sé que este tema es muy delicado y doloroso, pero no por ello lo pasaré por alto. Ya desde hace tiempo, mi triste convicción es de que la regla de vida diaria ha ido descendiendo y va empobreciéndose cada vez más entre los que profesan ser creyentes. Mucho me temo que aquella caridad a la semejanza de Cristo, aquella amabilidad y buen temperamento, aquel desinterés y mansedumbre, aquel celo y deseo de hacer el bien, aquella consagración y separación del mundo, que eran tan apreciadas por nuestros antepasados, en nuestro tiempo, no tienen la estima que deberían tener.
No pretendo desarrollar exhaustivamente las causas que han ocasionado este estado de cosas, sino que haré algunas conjeturas para la consideración del lector. Quizá se deba a que cierta profesión de fe religiosa se ha puesto tan de moda y fácil, que las corrientes que eran estrechas y profundas ahora se han ensanchado y perdido profundidad; lo que se ha ganado en apariencia externa, se ha perdido en calidad. Quizá se deba a la prosperidad material registrada en los últimos veinte años y que ha introducido en el cristianismo una plaga mundana de indulgencia propia y ‘amor a la buena vida’. Lo que antes eran lujos, ahora son necesidades; la abnegación y el espíritu de sacrificio ahora casi se desconocen. Quizá la gran controversia religiosa de nuestro tiempo haya secado la vida espiritual de muchos. A menudo nos hemos contentado con mostrar celo por la pureza doctrinal del Evangelio y hemos descuidado las sobrias realidades de una vida de piedad. Sean cuales sean las causas, los resultados permanecen: el nivel de santidad personal del creyente ha bajado, y ¡el Espíritu Santo está siendo contristado! Todo esto requiere, por nuestra parte, una sincera y profunda humillación y un examen de corazón.
No es necesario ir a Egipto o adoptar prácticas semi-romanas para reavivar nuestra vida espiritual. No hay necesidad de que instauremos de nuevo el confesionario o volvamos al monasticismo y al ascetismo. ¡Nada de eso! Debemos, simplemente, arrepentirnos y hacer nuestras primeras obras; debemos acudir de nuevo a las ‘sendas antiguas’. Debemos arrodillarnos humildemente en la presencia de Dios, y mirar de frente a lo que el Señor Jesús llama pecado y a lo que el Señor Jesús llama ‘hacer su voluntad’. Démonos entonces cuenta de que es terriblemente posible vivir una vida despreocupada, fácil y medio mundana, y mantener, al mismo tiempo, principios evangélicos y considerarnos evangélicos.
A simple vista parece experimentarse en nuestro tiempo un creciente deseo de santidad. Las conferencias para promover una vida de santidad son muy comunes y frecuentes. El tema de la ‘vida espiritual’ es el de muchos congresos y el de muchas reuniones y ha despertado interés general en nuestra nación. De ello deberíamos alegrarnos. Todo movimiento que, basado en sanos principios, tenga como meta profundizar las raíces de nuestra vida espiritual y aumentar la santidad personal, vendrá a ser una verdadera bendición para nuestras iglesias, hará mucho para reunir a los cristianos y salvar las tristes divisiones entre los creyentes. Puede traernos un derramamiento fresco de la gracia del Espíritu y venir a ser vida para los muertos. Pero tal como dije al principiar este escrito, si queremos edificar alto, primero debemos cavar hondo; y estoy convencido de que el primer paso para conseguir una santidad de vida más elevada consiste en darse cuenta de la terrible pecaminosidad del pecado.

J.C. Ryle

Compartido por Alian Zamora Hernández compartido tambien en la pagina de la Iglesia Bautista Sola Escritura de la cual es uno de los administradores puedes encontrar mas material de edificación en su pagina.

sábado, 31 de enero de 2015

¿Tienes estas marcas de un cristiano? por J.C. Ryle


¿Somos nosotros mismos
el pueblo de Dios? ¿Hemos nacido de nuevo? ¿Tenemos las marcas que siempre acompañan al nuevo nacimiento, convicción de pecado, la fe en Jesús, el amor hacia los demás, una vida recta, la separación del mundo? Nunca debemos estar satisfechos hasta que podamos dar una respuesta satisfactoria a estas preguntas.

~ J. C. Ryle

Pensamientos Expositivos en los Evangelios: Juan, volumen 1, [Carlisle, Pensilvania: bandera de la verdad, 1987], p. 17.

viernes, 16 de enero de 2015

La meditación diaria por Dietrich Bonhoeffer




Podría preguntarse por qué se necesita para ella un tiempo especial, siendo así que todos sus elementos están incluidos ya en el culto común. Intentaremos explicarlo.

El tiempo de la meditación diaria debe estar dedicado exclusivamente a la reflexión bíblica personal, a la oración personal y a nuestra intercesión personal. Los experimentos espirituales no tienen cabida aquí. Pero debemos dar a esas tres cosas el tiempo necesario ya que Dios mismo nos lo exige. Aunque durante largo tiempo la meditación no fuese otra cosa que un rendir cuentas de la pobreza de nuestro culto, ya sería suficiente.

Este tiempo de meditación personal no es un salto en el vacío sin fondo de la soledad, sino una ocasión de encontrarnos a solas con la palabra de Dios. Se nos ofrece así una base sólida sobre la que afirmarnos y una pauta segura para el camino.