Sin anunciar y casi sin ser detectada, ha entrado en el
círculo evangélico una cruz nueva en tiempos modernos. Se parece a
la vieja cruz, pero no lo es; aunque las semejanzas son
superficiales, las diferencias son fundamentales. Mana de esa nueva
cruz una nueva filosofía acerca de la vida cristiana, y de aquella
filosofía procede una nueva técnica evangélica, con una nueva
clase de reunión y de predicación. Ese evangelismo nuevo emplea el
mismo lenguaje que el de antes, pero su contenido no es el mismo como
tampoco lo es su énfasis. La cruz vieja no tenía nada que ver con
el mundo, para la orgullosa carne de Adán, significaba el fin del
viaje. Ella ejecutaba la sentencia impuesta por la ley del Sinaí.
En
cambio, la cruz nueva no se opone a la raza humana; antes al
contrario, es una compañera amistosa y, si es entendida
correctamente, puede ser fuente de océanos de diversión y disfrute,
ya que deja vivir a Adán sin interferencias. La motivación de su
vida sigue sin cambios, y todavía vive para su propio placer, pero
ahora le gusta cantar canciones evangélicas y mirar películas
religiosas en lugar de las fiestas con sus canciones sugestivas y sus
copas. Todavía se acentúa el placer, aunque se supone que ahora la
diversión ha subido a un nivel más alto, al menos moral aunque no
intelectualmente.
